Hace tiempo vengo tratando de replantearme muchas de las cosas que sé… o, mejor dicho, las que creo saber. Y siento que hacer esto es, de algún modo, un ejercicio de humildad. Porque uno crece escuchando frases, dichos o ideas que repite casi de forma automática, por pura costumbre, sin parar nunca a preguntarse de dónde vienen o qué demonios significan en realidad. Y entre más pasan los años, más me convenzo de que cuestionar no es lo mismo que negar; al contrario, es intentar entender mejor.
Por eso, cada vez que escucho una frase trato de no tragarla entera de inmediato. Prefiero darle una vuelta, buscar de dónde salió, en qué contexto se dijo o qué sentimiento lleva detrás. Porque muchas veces esas palabras cargan historias enteras que uno ni siquiera imagina.
Hace poco, por ejemplo, andaba escuchando una canción de Reynaldo Armas, esa que se llama Hay una tierra en mi tierra, y me topé con una frase que siempre me había llamado la atención: “el sol de los venaos”. La había oído antes, sí, pero nunca me había tomado el tiempo de pensar qué significaba en verdad. Así que me puse a indagar.
Resulta que “el sol de los venaos” es una expresión bien llanera. Se refiere a esas horas de luz fuerte, al amanecer o al atardecer en el llano, cuando los venados salen y el sol pega de una manera muy particular sobre la sabana. Pero también tiene una carga poética, nostálgica, muy propia de la cultura llanera: evoca la naturaleza, la vida del campo y esa conexión tan honda que el hombre siente con su tierra. No es solo una frase bonita; es una imagen completa, casi una fotografía del llano venezolano.
Y eso me hizo pensar en cuántas cosas repetimos sin detenernos a descubrir todo lo que llevan dentro. Cuántas expresiones, canciones o costumbres guardan un sentido mucho más profundo del que creemos. Por eso quise compartirlo con ustedes: porque al final, entender un poquito más las cosas también es una manera de acercarnos a nuestras raíces y a lo que somos.

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